miércoles, 1 de julio de 2015

"Yo, pecador y laico cevequiano, pido perdón".

"Yo, pecador y presbítero, pido perdón". Es la frase con la que el P. Raúl Lugo finaliza su libro "Iglesia Católica y Homosexualidad" (Cap 11. Mea culpa ante nuestros hermanos y hermanas y hermanas homosexuales). Me acordé de ella cuando pensaba en cómo abordar este tema que se ha puesto de moda en los últimos días, por las decisiones de las Suprema Corte de Justicia de México y Estados Unidos, las cuales han declarado inconstitucionales aquellas leyes que establezcan que el matrimonio es sólo entre un hombre y una mujer. Yo la parafrasearía como, "Yo, pecador y laico cevequiano, pido perdón."
Muchos de nosotros, los católicos, sobre todo los que somos practicantes, estamos metidos en un conflicto entre lo que marca nuestro catecismo respecto a la homosexualidad y lo que creemos que son derechos de todas las personas.
Yo estoy consciente que no me toca ni puedo cambiar el catecismo de la Iglesia. Pero más allá del catecismo, quiero poder responder evangélicamente a esta realidad, quiero poder ser una persona misericordiosa con las personas homosexuales.

¿Por qué ser misericordioso?

  1. Porque los homosexuales no eligieron o decidieron serlo. Si bien la discusión sigue entre que si es una cuestión biológica o psicológica, me queda claro que en cualquiera de los casos, no hubo elección de por medio.
  2. Porque los homosexuales viven, en muchos sentidos, una vida con más dolor que los heterosexuales. 
  3. Porque no puedo negar de manera absoluta que sus relaciones estén basadas en el amor, y por lo tanto, negar que haya presencia de Dios en ellas.
  4. Porque también tienen una vida espiritual, y deseos de Dios. Muchos de ellos son personas que buscan hacer el bien, acorde a los valores evangélicos. 
  5. Porque el desprecio que muchos de ellos han sentido por parte de la Iglesia los ha llevado a tomar decisiones que los alejan de su felicidad y plenitud como persona. 
  6. Porque la Iglesia ha dado una excesiva importancia a la sexualidad, y aún más, al acto sexual, como fuente de pecado, dejando de lado otros aspectos de la persona humana, lo cual dificulta la integración como persona, dejando a los homosexuales en un callejón sin salida. 
Por eso creo que como católico, y más como cevequiano, me corresponde saber respetar, escuchar, acompañar, apoyar en el discernimiento, ayudar a que los homosexuales vivan su principio y fundamento y sean personas plenas y felices. Y esto implica también procurar abrir espacios dentro de la Iglesia, para todos aquellos homosexuales que quieren tener una vida de fe y trabajar por el Reino. Me parece que es la mejor forma de, al igual que Jesús, estar cerca de aquellos que viven en la frontera de la vida, en lo que ahora el Papa Francisco llama las periferias.