jueves, 9 de octubre de 2014

#JusticiaparaAyotzinapa

##JusticiaparaAyotzinapa es el clamor que se escucha y se lee en estos últimos días. Es tendencia en Twitter, es primeras planas en medios impresos, es un post replicado miles de veces en Facebook, es noticia comentada insistentemente en los noticieros de radio y televisión.

Definitivamente es una noticia que duele. Tendríamos que ser de verdad muy insensibles para no preocuparnos por el paradero de los 43 estudiantes desaparecidos. Es necesario, primero que nada, que aparezcan los muchachos, y de preferencia, que aparezcan vivos. En segundo término, es necesario que haya transparencia en la investigación, que se den respuestas a la brevedad posible, que se determinen todos los culpables involucrados, incluidos todos los políticos, de cualquier partido que sean y de cualquier nivel de gobierno en que se encuentren, y que por supuesto, haya sentencias, y en lo posible un resarcimiento del daño.
Me uno solidariamente a la exigencia de muchos de que se necesitan resultados inmediatos en este caso. El nivel de violencia que hemos alcanzado en nuestro país es alarmante desde ya hace muchos años, y sin embargo, no se ha podido detener en realidad, aunque los gobiernos digan que todo va bien o se nieguen a hablar del tema.
Pero la reflexión que hago hoy va más allá de Ayotzinapa. La reflexión que debemos hacer debe ir más allá de Ayotzinapa. Lo digo porque en unos cuantos días el tema será otro, y otro más, y los normalistas pasarán a ser una estadística más, o si acaso, causa de lucha de algunos pocos grupos, de aquellos que muchos llamamos rebeldes o de izquierda, chairos les dicen otros.
Tenemos que empezar a mirar con seriedad la violencia en la que estamos inmersos, y que se nos hace ya común y corriente, tanto que ya ni la vemos. No sólo tenemos que pedir justicia para Ayotzinapa, tenemos que pedir justicia social para todo México. La justicia social implica que en los hechos se disfruten los derechos. Se trata de cuestiones de equidad social, equidad en las oportunidades, en el acceso al estado de bienestar, y que no haya pobreza, que la desigualdad no lo sea tanto.
Dice una definición de violencia que son aquellos actos humanos, que de forma deliberada o aprendida, provocan o amenazan con hacer daño o sometimiento a un individuo o colectividad. Aquellos actos humanos que limitan las potencialidades presentes o futuras de otros.
Miremos con detenimiento a nuestro país y, tomando como base la definición anterior, veremos como está lleno de violencia. Hay una muy evidente, como los homicidios  o las desapariciones, los asaltos, los secuestros que se da entre individuos. Pero hay otro nivel de violencia que tiende a pasar desapercibida, como la violencia psicológica, una discriminación muy sutil, la negación de derechos, y creo que la peor de todas, la insensibilidad frente a las necesidades del otro.
Pero no nos olvidemos de que la violencia no sólo se da entre individuos. Hay violencia estructural. Nuestro sistema judicial que mal imparte justicia, la gran cantidad de pobres que no pueden disfrutar de sus derechos humanos básicos como la salud, la educación, la vivienda digna y hasta la alimentación. La impunidad y la corrupción son muestras también de la violencia estructural. Esto es de lo más visible, de lo más obvio. Nos cuesta más trabajo ver otro tipo de violencia estructural, como el sistema de libre mercado que en los últimos años ha generado más pobres en Latinoamérica, y además ha aumentado la brecha en la distribución de los ingresos entre ricos y pobres. La puesta en marcha y aplicación de leyes injustas, la cosificación de la mujer y también la explotación del trabajador, entre otros ejemplos.
Creemos que la violencia no nos ha llegado, pero es porque no hemos visto cómo somos violentados y a la vez violentamos constantemente a otros.
La erradicación de la violencia no se logra sólo con el cambio de gobierno o el cambio de las estructuras que no funcionan. Es necesario un cambio profundo en las personas. Este cambio tiene que partir por ser más sensibles a lo que el otro necesita. Debe partir de una empatía (no lástima ni compasión) para los pobres, los marginados, los excluidos. Si no surge de ahí, cualquier estructura o sistema se volverá de alguna forma violento y opresor. Por eso la justicia social no es responsabilidad del gobierno en turno o del Estado, es responsabilidad nuestra.
¿Queremos #justiciaparaAyotzinapa? Hagamos #justiciasocialenMéxico.